Una pyme recuperó el valor de su maquinaria dañada después de que la aseguradora se negara inicialmente a pagar los daños
Ester llevaba años al frente de su pequeño taller de confección. Había invertido en maquinaria moderna, en materiales de calidad y en acondicionar un espacio de trabajo que era casi como su segunda casa. Todo aquello formaba parte de un proyecto que había ido creciendo con el esfuerzo diario.
Un día, tras un fin de semana en el que el edificio permaneció cerrado, al abrir la persiana vio que algo no estaba bien. Un fuerte olor a humedad y charcos de agua la recibieron en el taller. Una filtración proveniente del piso superior había inundado parte de su espacio. Las máquinas que había comprado a crédito, los rollos de tejido y hasta las mesas de corte estaban empapadas o irreparables.
Tras el primer momento de incredulidad, intentó ponerse en contacto con su aseguradora. Las fotos de los daños y los informes de los peritos parecían evidentes: el coste de la reparación superaba los 23.000 euros. Su póliza cubría precisamente esos supuestos.
Sin embargo, lo que parecía un trámite claro empezó a complicarse.
“Confiaba en que mi seguro lo arreglaría todo. Pero cuando me pidieron lo imposible, entendí que necesitaba ayuda.”
Al principio, la aseguradora aceptó gestionar la reclamación. Ester respiró aliviada. Pero cuando llegó el momento de la indemnización, la compañía cambió de postura. Le comunicaron que sólo pagarían si les entregaba todo el mobiliario y los materiales dañados para aplicar el salvamento, es decir, para intentar recuperar algo del valor de los restos.
El problema era que, siguiendo las indicaciones de los propios peritos, Ester había retirado y desechado los materiales que estaban contaminados y que podían ocasionar más daños.
Aun con informes detallados que acreditaban el estado en que habían quedado las máquinas y el mobiliario, la aseguradora se mantuvo firme: sin salvamento, no habría dinero. El taller permanecía parado y cada día que pasaba sin la indemnización era un día más de pérdidas.
Frustrada, Ester se dio cuenta de que necesitaba un respaldo diferente.
“No quería enfrentarme sola a una compañía que parecía buscar excusas. Saber que tenía un seguro legal me dio fuerzas para pelear.”
Recordó que tenía contratado un seguro legal con onLygal. Decidió llamar y explicar la situación. El equipo de abogados revisó la póliza y analizó lo ocurrido. Pronto concluyeron que la negativa de la aseguradora carecía de justificación, sobre todo después de que los peritos hubieran descrito con detalle los daños y recomendado desechar lo inutilizable.
Con esa base, onLygal inició una demanda para reclamar el pago. Se encargaron de toda la preparación: los escritos, la presentación ante los tribunales y la interlocución con la aseguradora. Ester, por su parte, pudo centrarse en reorganizar su negocio, buscar alternativas temporales y no perder la confianza de sus clientes.
La presión legal surtió efecto. Antes de que el caso llegara a juicio, la aseguradora accedió a un acuerdo.
“Lo que más valoré fue no sentirme abandonada. Saber que alguien estaba defendiendo mi caso me dio tranquilidad.”
Finalmente, la compañía abonó los 23.500 euros correspondientes a los daños ocasionados en su taller. La indemnización le permitió reparar o sustituir las máquinas afectadas y reponer materiales para volver a trabajar. Además, todos los gastos legales derivados del conflicto quedaron cubiertos por su seguro con onLygal, de modo que no tuvo que asumir costes adicionales en una situación ya de por sí complicada.
Hoy, Ester sigue al frente de su pyme textil con una lección aprendida: no basta con tener un seguro si, cuando ocurre un siniestro, se encuentra con obstáculos inesperados. Para ella, contar con un respaldo legal marcó la diferencia entre ver su negocio paralizado indefinidamente o volver a poner en marcha el taller en unas semanas.
Con onLygal, Ester pudo reclamar a su aseguradora y recuperar 23.500 €, asegurando la continuidad de su negocio sin asumir costes legales imprevistos.
*Historia inspirada en un caso real de onLygal

